Oh, san Francisco, estigmatizado de la Verna, el mundo tiene nostalgia de ti, cual icono de Jesús crucificado. Necesita tu corazón abierto a Dios y al hombre, tus pies descalzos y heridos, tus manos traspasadas e implorantes. Tiene nostalgia de tu voz débil, pero fuerte, por el poder del Evangelio. Ayuda, Francisco, a los hombres de hoy a reconocer el mal del pecado y a buscar la purificación en la penitencia. Ayúdalos a liberarse de las mismas estructuras de pecado que oprimen a la sociedad de hoy. Reaviva en la conciencia de los gobernantes la urgencia de la paz en las Naciones y entre los Pueblos. Infunde en los jóvenes tu frescura de vida, capaz de oponerse a las insidias de las múltiples culturas de muerte. A las víctimas de cualquier género de malicia, comunica, Francisco, tu gozo de saber perdonar. A todos los crucificados por el sufrimiento, por el hambre y la guerra, ábreles las puertas de la esperanza. Amén. 17 de septiembre de 1993
miércoles, 30 de marzo de 2011
viernes, 4 de marzo de 2011
Los motivos del lobo

El varón que tiene corazón de lis,
Alma de querube, lengua celestial,
el mínimo y dulce Francisco de Asís,
está con un rudo y torvo animal,
bestia temerosa, de sangre y de robo,
las fauces de furia, los ojos de mal:
¡el lobo de Gubbia, el terrible lobo!
Rabioso, ha asolado los alrededores;
cruel, ha deshecho todos los rebaños;
devoró corderos, devoró pastores,
y son incontables sus muertes y daños.
Fuertes cazadores armados de hierros
Fueron destrozados.
Los duros colmillos dieron cuenta de los más bravos perros,
como de cabritos y de corderillos.
Francisco salió:
al lobo buscó
en su madriguera.
Cerca de la cueva encontró a la fiera enorme,
que al verle se lanzó feroz contra él.
Francisco, con su dulce voz, alzando la mano,
al lobo furioso dijo: -¡Paz, hermano Lobo!”
El animal contempló al varón de tosco sayal;
dejó su aire arisco,
cerró las abiertas fauces agresivas,
y dijo: -“¡Está bien, hermano Francisco!”
“¡Cómo! -exclamó el santo-, ¿Es ley que tú vivas de horror y de muerte?
¿La sangre que vierte
tu hocico diabólico,
el duelo y espanto que esparces,
el llanto de los campesinos,
el grito, el dolor
de tanta criatura de Nuestro Señor,
no han de contener tu encono infernal?
¿Vienes del infierno?
¡Te ha infundido acaso su rencor eterno Luzbel o Belial?”
Y el gran lobo, humilde:
-“¡Es duro el invierno,
Y es horrible el hambre!
En el bosque helado no hallé qué comer;
y busqué el ganado,
y en veces cómi ganado y pastor.
¿La sangre?
Yo ví más de un cazador sobre su caballo, llevando el azor
al puño; o correr tras el jabalí,
el oso o el ciervo; y a más de uno ví
mancharse de sangre, herir, torturar,
de las roncas trompas al sordo clamor,
a los animales de Nuestro Señor.
¡Y no era por hambre que iban a cazar!”
Francisco responde: -“En el hombre existe
mala levadura.
Cuando nace, viene con pecado. Es triste.
Mas el alma simple de la bestia es pura.
Tú vas a tener
desde hoy qué comer.
Dejarás en paz
rebaños y gente en este país.
¡Que Dios melifique tu ser montaraz!”
-“Está bien, hermano Francisco de Asís”.
-“Ante el Señor, que todo ata y desata,
en fe de promesa tiéndeme la pata.”
El lobo tendió la pata al hermano
de Asís, que a su vez le alargó la mano.
Fueron a la aldea. La gente veía
y lo que miraba casi no creía.
Tras el religioso iba el lobo fiero,
y, baja la testa, quieto le seguía
como un can de casa, o como un cordero.
Francisco llamó la gente a la plaza
y allí predicó.
Y dijo: -“He aquí una amable caza.
El hermano lobo se viene conmigo;
me juró no ser ya vuestro enemigo,
y no repetir su ataque sangriento.
Vosotros, en cambio, daréis su alimento
a la pobre bestia de Dios.” -“¡Así sea!”,
Contestó la gente toda de la aldea.
Y luego, en señal
de contentamiento,
movió testa y cola el buen animal,
y entró con Francisco de Asís al convento.
Algún tiempo estuvo el lobo tranquilo
en el santo asilo.
Sus bastas orejas los salmos oían
y los claros ojos se le humedecían.
Aprendió mil gracias y hacía mil juegos
cuando a la cocina iba con los legos.
Y cuando Francisco su oración hacía,
El lobo las pobres sandalias lamía.
Salía a la calle,
iba por el monte, descendía al valle,
entraba en las casas y le daban algo
de comer. Mirábanle como a un manso galgo.
Un día, francisco se ausentó. Y el lobo
dulce, el lobo manso y bueno, el lobo probo,
desapareció, tornó a la montaña,
y recomenzaron su aullido y su saña:
Otra vez sintiese el temor, la alarma,
entre los vecinos y entre los pastores;
colmaba el espanto los alrededores,
de nada servían el valor y el arma,
pues la bestia fiera
no dio treguas a su furor jamás,
como si tuviera
fuegos de Moloch y de Satanás.
Cuando volvió al pueblo el divino santo,
todos lo buscaron con quejas y llanto,
y con mil querellas dieron testimonio
de lo que sufrían y perdían tanto
por aquel infame lobo del demonio.
Francisco de Asís se puso severo.
Se fue a la montaña
a buscar al falso lobo carnicero.
Y junto a su cueva halló a la alimaña.
-“En nombre del Padre del sacro universo,
conjúrote -dijo-, ¡oh lobo perverso!,
a que me respondas: ¿Por qué has vuelto al mal?
Contesta. Te escucho.”
Como en sorda lucha, habló el animal,
La boca espumosa y el ojo fatal:
-“Hermano Francisco, no te acerques mucho…
Yo estaba tranquilo allá en el convento;
al pueblo salía;
y si algo me daban estaba contento
y manso comía.
Mas empecé a ver que en todas las casas
estaban la Envidia, la Saña, la Ira,
y en todos los rostros ardían las brasas
de odio, de lujuria, de infamia y de mentira.
Hermanos a hermanos hacían la guerra,
perdían los débiles, ganaban los malos,
hembra y macho eran como perro y perra,
y un buen día todos me dieron de palos.
Me vieron humilde, lamía las manos
y los pies. Seguía tus sagradas leyes,
todas las criaturas eran mis hermanos:
Los hermanos hombres, los hermanos bueyes,
hermanas estrellas y hermanos gusanos.
Y así, me apalearon y me echaron fuera.
Y su risa fue como un agua hirviente,
y entre mis entrañas revivió la fiera;
y me sentí lobo malo de repente;
mas siempre mejor que esa mala gente.
Y recomencé a luchar aquí,
a me defender y a me alimentar.
como el oso hace, como el jabalí,
que para vivir tienen que matar.
Déjame en el monte, déjame en el risco,
déjame existir en mi libertad,
vete a tu convento, hermano Francisco,
sigue tu camino y tu santidad.”
El santo de Asís no le dijo nada.
Le miró con una profunda mirada,
y partió con lágrimas y con desconsuelos,
y habló al Dios eterno con su corazón.
El viento del bosque llevó su oración,
Que era: “Padre nuestro, que estás en los cielos…”
Rubén Dario
Alma de querube, lengua celestial,
el mínimo y dulce Francisco de Asís,
está con un rudo y torvo animal,
bestia temerosa, de sangre y de robo,
las fauces de furia, los ojos de mal:
¡el lobo de Gubbia, el terrible lobo!
Rabioso, ha asolado los alrededores;
cruel, ha deshecho todos los rebaños;
devoró corderos, devoró pastores,
y son incontables sus muertes y daños.
Fuertes cazadores armados de hierros
Fueron destrozados.
Los duros colmillos dieron cuenta de los más bravos perros,
como de cabritos y de corderillos.
Francisco salió:
al lobo buscó
en su madriguera.
Cerca de la cueva encontró a la fiera enorme,
que al verle se lanzó feroz contra él.
Francisco, con su dulce voz, alzando la mano,
al lobo furioso dijo: -¡Paz, hermano Lobo!”
El animal contempló al varón de tosco sayal;
dejó su aire arisco,
cerró las abiertas fauces agresivas,
y dijo: -“¡Está bien, hermano Francisco!”
“¡Cómo! -exclamó el santo-, ¿Es ley que tú vivas de horror y de muerte?
¿La sangre que vierte
tu hocico diabólico,
el duelo y espanto que esparces,
el llanto de los campesinos,
el grito, el dolor
de tanta criatura de Nuestro Señor,
no han de contener tu encono infernal?
¿Vienes del infierno?
¡Te ha infundido acaso su rencor eterno Luzbel o Belial?”
Y el gran lobo, humilde:
-“¡Es duro el invierno,
Y es horrible el hambre!
En el bosque helado no hallé qué comer;
y busqué el ganado,
y en veces cómi ganado y pastor.
¿La sangre?
Yo ví más de un cazador sobre su caballo, llevando el azor
al puño; o correr tras el jabalí,
el oso o el ciervo; y a más de uno ví
mancharse de sangre, herir, torturar,
de las roncas trompas al sordo clamor,
a los animales de Nuestro Señor.
¡Y no era por hambre que iban a cazar!”
Francisco responde: -“En el hombre existe
mala levadura.
Cuando nace, viene con pecado. Es triste.
Mas el alma simple de la bestia es pura.
Tú vas a tener
desde hoy qué comer.
Dejarás en paz
rebaños y gente en este país.
¡Que Dios melifique tu ser montaraz!”
-“Está bien, hermano Francisco de Asís”.
-“Ante el Señor, que todo ata y desata,
en fe de promesa tiéndeme la pata.”
El lobo tendió la pata al hermano
de Asís, que a su vez le alargó la mano.
Fueron a la aldea. La gente veía
y lo que miraba casi no creía.
Tras el religioso iba el lobo fiero,
y, baja la testa, quieto le seguía
como un can de casa, o como un cordero.
Francisco llamó la gente a la plaza
y allí predicó.
Y dijo: -“He aquí una amable caza.
El hermano lobo se viene conmigo;
me juró no ser ya vuestro enemigo,
y no repetir su ataque sangriento.
Vosotros, en cambio, daréis su alimento
a la pobre bestia de Dios.” -“¡Así sea!”,
Contestó la gente toda de la aldea.
Y luego, en señal
de contentamiento,
movió testa y cola el buen animal,
y entró con Francisco de Asís al convento.
Algún tiempo estuvo el lobo tranquilo
en el santo asilo.
Sus bastas orejas los salmos oían
y los claros ojos se le humedecían.
Aprendió mil gracias y hacía mil juegos
cuando a la cocina iba con los legos.
Y cuando Francisco su oración hacía,
El lobo las pobres sandalias lamía.
Salía a la calle,
iba por el monte, descendía al valle,
entraba en las casas y le daban algo
de comer. Mirábanle como a un manso galgo.
Un día, francisco se ausentó. Y el lobo
dulce, el lobo manso y bueno, el lobo probo,
desapareció, tornó a la montaña,
y recomenzaron su aullido y su saña:
Otra vez sintiese el temor, la alarma,
entre los vecinos y entre los pastores;
colmaba el espanto los alrededores,
de nada servían el valor y el arma,
pues la bestia fiera
no dio treguas a su furor jamás,
como si tuviera
fuegos de Moloch y de Satanás.
Cuando volvió al pueblo el divino santo,
todos lo buscaron con quejas y llanto,
y con mil querellas dieron testimonio
de lo que sufrían y perdían tanto
por aquel infame lobo del demonio.
Francisco de Asís se puso severo.
Se fue a la montaña
a buscar al falso lobo carnicero.
Y junto a su cueva halló a la alimaña.
-“En nombre del Padre del sacro universo,
conjúrote -dijo-, ¡oh lobo perverso!,
a que me respondas: ¿Por qué has vuelto al mal?
Contesta. Te escucho.”
Como en sorda lucha, habló el animal,
La boca espumosa y el ojo fatal:
-“Hermano Francisco, no te acerques mucho…
Yo estaba tranquilo allá en el convento;
al pueblo salía;
y si algo me daban estaba contento
y manso comía.
Mas empecé a ver que en todas las casas
estaban la Envidia, la Saña, la Ira,
y en todos los rostros ardían las brasas
de odio, de lujuria, de infamia y de mentira.
Hermanos a hermanos hacían la guerra,
perdían los débiles, ganaban los malos,
hembra y macho eran como perro y perra,
y un buen día todos me dieron de palos.
Me vieron humilde, lamía las manos
y los pies. Seguía tus sagradas leyes,
todas las criaturas eran mis hermanos:
Los hermanos hombres, los hermanos bueyes,
hermanas estrellas y hermanos gusanos.
Y así, me apalearon y me echaron fuera.
Y su risa fue como un agua hirviente,
y entre mis entrañas revivió la fiera;
y me sentí lobo malo de repente;
mas siempre mejor que esa mala gente.
Y recomencé a luchar aquí,
a me defender y a me alimentar.
como el oso hace, como el jabalí,
que para vivir tienen que matar.
Déjame en el monte, déjame en el risco,
déjame existir en mi libertad,
vete a tu convento, hermano Francisco,
sigue tu camino y tu santidad.”
El santo de Asís no le dijo nada.
Le miró con una profunda mirada,
y partió con lágrimas y con desconsuelos,
y habló al Dios eterno con su corazón.
El viento del bosque llevó su oración,
Que era: “Padre nuestro, que estás en los cielos…”
Rubén Dario
sábado, 5 de febrero de 2011
Cuando la alabanza desborda
Última parte
El poeta Saint-John Perse dijo: "alabar es respirar mejor". Y no se alaba para respirar mejor, sino que se respira mejor porque se alaba. Porque en la alabanza todo el ser se ensancha. Cuando me abro a Dios "por El mismo", por lo que El es, cuando me dejo llevar por la alabanza en lugar de por la desesperación que hay en mí, entonces me olvido en Dios y le entrego lo que está en el fondo de mí mismo, deseos y angustias. Lo que canto me penetra, me impregno de ello.
"Tú eres caridad, amor, Tú eres sabiduría, humildad, paciencia, seguridad, descanso, alegría y gozo, justicia y medida, Tú eres belleza, dulzura, abrigo, guardián y defensor, fuerza, frescura..." Cuando san Francisco canta así se deja cautivar por todo lo que Dios es. Las palabras no son más que un balbuceo, pero el corazón y la mirada se abren a la presencia de Dios. Es como si al componer estas alabanzas San Francisco hubiera querido decir al Hermano León que por entonces estaba muy probado: "Canta el amor que Dios es, y el círculo de la reconciliación para ti se extenderá tan lejos como el mismo Dios lo ha establecido. Canta la belleza que Dios es ; entonces la verás brillar hasta en el corazón de la fealdad del mal, porque incluso allí es ella quien lo envuelve todo"
La vida de san Francisco demuestra que la alabanza puede adueñarse verdaderamente de un hombre y liberar en él una nueva creatividad. En lugar de preocuparse por el mal y encogerse, el hombre se entrega al Unico que ha triunfado, que no es más que Bien y que lo es infinitamente. Entonces todo se ensancha y los gestos inéditos y liberadores se hacen posibles. Comunión y reconciliación ya no son una tarea sobrehumana sino que ambas se celebran en su misma Fuente. Y ahí, en esa Fuente, adquieren una mirada nueva, una frescura nueva..
Además, la pobreza de san Francisco, esa pobreza que era su lenguaje para establecer una comunión, no se comprende bien más que en relación con la alabanza. Es desde luego asombroso que su pobreza no tuviera nunca nada de estrecha o legalista. Nunca le llevó a excluir a otros hombres, ni siquiera a juzgarlos. Por muy extrema que fuera, su pobreza siempre estaba llena de Aquel de quien celebraba su inagotable bondad. Por muy rigurosa que pudiera parecer, en realidad estaba completamente llena de dulzura por lo que Dios era para El.
El poeta Saint-John Perse dijo: "alabar es respirar mejor". Y no se alaba para respirar mejor, sino que se respira mejor porque se alaba. Porque en la alabanza todo el ser se ensancha. Cuando me abro a Dios "por El mismo", por lo que El es, cuando me dejo llevar por la alabanza en lugar de por la desesperación que hay en mí, entonces me olvido en Dios y le entrego lo que está en el fondo de mí mismo, deseos y angustias. Lo que canto me penetra, me impregno de ello.
"Tú eres caridad, amor, Tú eres sabiduría, humildad, paciencia, seguridad, descanso, alegría y gozo, justicia y medida, Tú eres belleza, dulzura, abrigo, guardián y defensor, fuerza, frescura..." Cuando san Francisco canta así se deja cautivar por todo lo que Dios es. Las palabras no son más que un balbuceo, pero el corazón y la mirada se abren a la presencia de Dios. Es como si al componer estas alabanzas San Francisco hubiera querido decir al Hermano León que por entonces estaba muy probado: "Canta el amor que Dios es, y el círculo de la reconciliación para ti se extenderá tan lejos como el mismo Dios lo ha establecido. Canta la belleza que Dios es ; entonces la verás brillar hasta en el corazón de la fealdad del mal, porque incluso allí es ella quien lo envuelve todo"
La vida de san Francisco demuestra que la alabanza puede adueñarse verdaderamente de un hombre y liberar en él una nueva creatividad. En lugar de preocuparse por el mal y encogerse, el hombre se entrega al Unico que ha triunfado, que no es más que Bien y que lo es infinitamente. Entonces todo se ensancha y los gestos inéditos y liberadores se hacen posibles. Comunión y reconciliación ya no son una tarea sobrehumana sino que ambas se celebran en su misma Fuente. Y ahí, en esa Fuente, adquieren una mirada nueva, una frescura nueva..
Además, la pobreza de san Francisco, esa pobreza que era su lenguaje para establecer una comunión, no se comprende bien más que en relación con la alabanza. Es desde luego asombroso que su pobreza no tuviera nunca nada de estrecha o legalista. Nunca le llevó a excluir a otros hombres, ni siquiera a juzgarlos. Por muy extrema que fuera, su pobreza siempre estaba llena de Aquel de quien celebraba su inagotable bondad. Por muy rigurosa que pudiera parecer, en realidad estaba completamente llena de dulzura por lo que Dios era para El.
fuente: Frère François- Taize (Paz y Bien. org)
sábado, 29 de enero de 2011
Cuando la alabanza desborda

Parte 3
A menudo se ha presentado a San Francisco como el poeta de la creación, alguien que, con una sensibilidad completamente nueva y muy moderna para su época, supo expresar el asombro ante la creación. Pero para comprender a san Francisco no basta con fijarse en este aspecto. El dinamismo más profundo de su alabanza está en otra parte . San Francisco nos lo descubre cuando nos dice que es "por El mismo" por lo que alabamos a Dios. Le damos gracias, no solo por lo que nos da, y esto ya sobrepasa infinitamente todo lo que podamos imaginar, sino que le damos gracias "por lo que El es", porque hemos sido alcanzados por El. Hay una gratuidad en la alabanza que hace que subsista aun en medio de las más duras pruebas.
Algo también nuevo en san Francisco es la ternura tan personal con la que se expresa en su alabanza a Dios. Toda su relación con Dios está llena de una dulzura infinita. Pero aquí tampoco hay que ser unilateral. Es evidente que san Francisco se inspiró también en la oración de la Iglesia y tomó el lenguaje de la liturgia. Y no hay que olvidar el sentido que tenía de la inconmensurable altura y grandeza de Dios "Sepamos adorar , alabar y bendecir, ensalzar y dar gracias al Altísimo y soberano Dios Eterno, Padre, Hijo y Espíritu Santo... El que es sin principio ni fin, inmutable, invisible, inenarrable, inefable, incomprensible, impenetrable, bendito, digno de alabanza, glorioso, Sublime, altísimo, amable, y deseable más que todas las cosas por los siglos de los siglos "
Si san Francisco exhortaba a la alabanza sin embargo nunca la forzaba. Sabía que nuestra alabanza es siempre inadecuada e insuficiente. Por ello le pide a Dios: "Que Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo muy amado, en quien te complaces, te de gracias El mismo en nombre de todos, con el Espíritu Santo Paráclito, como te place y como le place..." Nosotros no podemos alabar bien. La verdadera alabanza está en Dios . Es el asombro de la Comunión del Padre y el Hijo en el Espíritu. Pedimos a Dios que nos conceda, en Cristo, tener parte en ello. Solo El puede "crear" la alabanza en nuestros labios, "hacerla brotar" en nuestros corazones, como dice Isaías. Nosotros solo podemos recibirla, dejarnos abrir a ella.
¿Hay que llegar tan lejos en el sentido de la gratuidad, de la pobreza ante Dios? ¿Acaso no estamos hechos para alabar, no es ese el sentido de cada vida? Ciertamente que sí. Pero esta fuente que existe en nosotros debe verterse continuamente en Dios para renovarse siempre en El, entonces, desborda...
Algo también nuevo en san Francisco es la ternura tan personal con la que se expresa en su alabanza a Dios. Toda su relación con Dios está llena de una dulzura infinita. Pero aquí tampoco hay que ser unilateral. Es evidente que san Francisco se inspiró también en la oración de la Iglesia y tomó el lenguaje de la liturgia. Y no hay que olvidar el sentido que tenía de la inconmensurable altura y grandeza de Dios "Sepamos adorar , alabar y bendecir, ensalzar y dar gracias al Altísimo y soberano Dios Eterno, Padre, Hijo y Espíritu Santo... El que es sin principio ni fin, inmutable, invisible, inenarrable, inefable, incomprensible, impenetrable, bendito, digno de alabanza, glorioso, Sublime, altísimo, amable, y deseable más que todas las cosas por los siglos de los siglos "
Si san Francisco exhortaba a la alabanza sin embargo nunca la forzaba. Sabía que nuestra alabanza es siempre inadecuada e insuficiente. Por ello le pide a Dios: "Que Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo muy amado, en quien te complaces, te de gracias El mismo en nombre de todos, con el Espíritu Santo Paráclito, como te place y como le place..." Nosotros no podemos alabar bien. La verdadera alabanza está en Dios . Es el asombro de la Comunión del Padre y el Hijo en el Espíritu. Pedimos a Dios que nos conceda, en Cristo, tener parte en ello. Solo El puede "crear" la alabanza en nuestros labios, "hacerla brotar" en nuestros corazones, como dice Isaías. Nosotros solo podemos recibirla, dejarnos abrir a ella.
¿Hay que llegar tan lejos en el sentido de la gratuidad, de la pobreza ante Dios? ¿Acaso no estamos hechos para alabar, no es ese el sentido de cada vida? Ciertamente que sí. Pero esta fuente que existe en nosotros debe verterse continuamente en Dios para renovarse siempre en El, entonces, desborda...
Frère François- Taize (Paz y Bien. org)
viernes, 21 de enero de 2011
Cuando la alabanza desborda...

Parte 2
En algunas de sus alabanzas tan personales a san Francisco le gustaba repetir que Dios es "el Bien supremo", que El es "todo Bien", que es "el Bien total", que "Solo El es bueno". En Dios no hay división: El es solo Bien y lo es infinitamente. Quien canta esto, quien lo saborea de verdad, acabará viendo el bien de Dios en toda criatura. Su asombro no tendrá límite. Está ya en el camino de la reconciliación y lleva a sus hermanos a él.
El día en que su médico le dijo que su mal era incurable y que solo le quedaba muy poco tiempo de vida, san Francisco llamó a sus hermanos para que cantaran de nuevo el Cántico de las Criaturas. Sin embargo había que añadir otra estrofa: "Loado seas Señor por nuestra hermana la muerte corporal..." Había que acoger a la muerte cantando. Porque, si es verdad que Cristo atravesó la muerte , entonces nuestra muerte física entra en el universo de la reconciliación. Y así, de ser el último enemigo, se convierte en "hermana". Ella ya no podrá separarnos del Creador. Gracias a Cristo nos hará pasar a una vida que será más de Dios. Lo único que el hombre puede temer es el alejarse de Dios. Pero la muerte corporal, a la que nadie puede escapar, el hombre puede saludarla con la alabanza, porque se ha convertido en la última realización en él del Misterio Pascual.
Si el Cántico termina englobando incluso a la muerte corporal es que la alabanza tiende hacia la totalidad. Hacia ella nos lleva la necesidad de ver todas las cosas en su relación viva con el Creador. No puede excluir nada, ni dejar nada fuera. Es el mismo impulso del amor: Encontrar en todo a Aquel a quien se ama. Es el mismo impulso de la adoración : atribuir todo a Aquel que da.
Sin embargo, si Cristo no hubiera atravesado el mal más negro, el más absurdo, una alabanza así resultaría sospechosa. Se sentiría una negación irresponsable de la realidad del mal. Solamente la Resurrección de Cristo nos permite afirmar que "todo es nuestro, el mundo, la vida, la muerte, el presente, el porvenir .Todo es nuestro si nosotros somos de Cristo como Cristo es del Dios."
En algunos textos hímnicos san Pablo nos dice que todo ha sido reconciliado por Cristo y que todo está destinado a ser recapitulado en El.. Quien canta no puede detenerse en una constatación prudente. Su canto es un impulso hacia Dios, un impulso que incluye a todo lo que pueda serlo.
En algunas de sus alabanzas tan personales a san Francisco le gustaba repetir que Dios es "el Bien supremo", que El es "todo Bien", que es "el Bien total", que "Solo El es bueno". En Dios no hay división: El es solo Bien y lo es infinitamente. Quien canta esto, quien lo saborea de verdad, acabará viendo el bien de Dios en toda criatura. Su asombro no tendrá límite. Está ya en el camino de la reconciliación y lleva a sus hermanos a él.
El día en que su médico le dijo que su mal era incurable y que solo le quedaba muy poco tiempo de vida, san Francisco llamó a sus hermanos para que cantaran de nuevo el Cántico de las Criaturas. Sin embargo había que añadir otra estrofa: "Loado seas Señor por nuestra hermana la muerte corporal..." Había que acoger a la muerte cantando. Porque, si es verdad que Cristo atravesó la muerte , entonces nuestra muerte física entra en el universo de la reconciliación. Y así, de ser el último enemigo, se convierte en "hermana". Ella ya no podrá separarnos del Creador. Gracias a Cristo nos hará pasar a una vida que será más de Dios. Lo único que el hombre puede temer es el alejarse de Dios. Pero la muerte corporal, a la que nadie puede escapar, el hombre puede saludarla con la alabanza, porque se ha convertido en la última realización en él del Misterio Pascual.
Si el Cántico termina englobando incluso a la muerte corporal es que la alabanza tiende hacia la totalidad. Hacia ella nos lleva la necesidad de ver todas las cosas en su relación viva con el Creador. No puede excluir nada, ni dejar nada fuera. Es el mismo impulso del amor: Encontrar en todo a Aquel a quien se ama. Es el mismo impulso de la adoración : atribuir todo a Aquel que da.
Sin embargo, si Cristo no hubiera atravesado el mal más negro, el más absurdo, una alabanza así resultaría sospechosa. Se sentiría una negación irresponsable de la realidad del mal. Solamente la Resurrección de Cristo nos permite afirmar que "todo es nuestro, el mundo, la vida, la muerte, el presente, el porvenir .Todo es nuestro si nosotros somos de Cristo como Cristo es del Dios."
En algunos textos hímnicos san Pablo nos dice que todo ha sido reconciliado por Cristo y que todo está destinado a ser recapitulado en El.. Quien canta no puede detenerse en una constatación prudente. Su canto es un impulso hacia Dios, un impulso que incluye a todo lo que pueda serlo.
por: Frère François- Taize
sábado, 8 de enero de 2011
Cuando la Alabanza desborda...

(parte 1)
Por su extrema pobreza San Francisco de Asís se hizo hermano de todos los hombres. Quería no estar por encima de nadie: se ponía con los más pobres, con los excluidos, y así extendía a todos ellos la comunión de Cristo. A sus hermanos les exigía que, por su vida y su lenguaje, presentaran el Evangelio de tal manera que jamás nadie más pobre que ellos se sintiera desanimado ni herido.
Al mismo tiempo san Francisco era un hombre de alabanza. Supo, quizás más que ningún otro santo, comunicar el gusto por la alabanza, el sentido del asombro. Todavía hoy su vida nos parece elevada por un impulso interior, una especie de exultación cada vez más pura. Continuamente invitaba a sus compañeros a alabar y a bendecir, a cantar y a celebrar. Su famoso Cántico de las Criaturas, el Cántico del Hermano Sol, no ha perdido nada de su frescura.; se continúa cantando.
Lo que llama la atención en la figura de san Francisco es cómo estaba al mismo tiempo totalmente elevado hacia Dios y completamente abierto a los hombres, especialmente a los más desfavorecidos. En él estos dos aspectos se penetraban mutuamente. Bebiendo en la Fuente, la alabanza desbordaba en amistad por todos, y la pobreza compartida multiplicaba el asombro.
Cuando un día una grave disputa causó la división entre los habitantes de Asís, san Francisco envió a sus hermanos a cantar el Cántico de las Criaturas en medio de aquellos que ya no llegaban a reconciliarse y que estaban a punto de llegar a la violencia. Los invitaba, con un canto de alabanza , a abrir sus corazones a esa realidad infinitamente más bella que el tema de sus disputa : el Amor sobreabundante del Creador del que todas sus criaturas son testigos, y devolver así la paz a sus corazones.
Para esta ocasión San Francisco añadió una nueva estrofa a su cántico, ya que más que nunca había que alabar a Dios por esos hombres y mujeres capaces de "perdonar", de "soportar el mal", de "perseverar en la paz." ¿Acaso no son ellos testigos muy especiales del Amor que Dios nos tiene?
La historia dice que al escuchar el canto de los hermanos , los habitantes de Asís se llenaron de una profunda emoción. Esta increíble alabanza hizo derretirse sus corazones y abrió el camino a un perdón recíproco, a una auténtica reconciliación.
Alabanza y Paz están unidas. Quien alaba a Dios se abre a El, se llena de El. Mientras permanecemos replegados sobre nosotros mismos el espíritu divisor nos puede. El mal que sentimos dentro de nosotros lo proyectamos a nuestro alrededor, nos sentimos amenazados. Es como si para mantenernos tuviéramos necesidad de oponernos.
Pero quien alaba a Dios recibe lo que El es. Y Dios es Paz, es Unidad, es Amor. Cuando el hombre canta lo que Dios es para nosotros, pierde sus miedos, sus resentimientos. Se pierde en El, se deja "encantar". Y una paz que sobrepasa todos los razonamientos invade el corazón.
por: Frère François- Taize
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